miércoles, 10 de abril de 2013

CATÁLOGO DE FELICES DIRIGENTES


Hay un exceso de credibilidad en nuestra sociedad que resulta cuanto menos llamativo. Un gobierno de gentes cuya credibilidad es nula, cuya ética no se localiza en ningún aspecto de su vida pública y cuya capacidad intelectual, política, cultural y dialéctica, como mucho, diríamos que se ignora, decide políticas cuyo único fin es enriquecer a los más poderosos y empobrecer a los más humildes, y salvo ciertas honrosísimas excepciones la sociedad asiste pasmada al espectáculo de ver liquidar sus derechos, sus conquistas sociales, sus economías caseras y sus expectativas sociales sin otra manifestación de disgusto que la clásica queja de café o de patio de vecindad. Muy indignados pero escasamente activos, acríticos, en última instancia, notablemente silentes.
Las medidas del gobierno, la banca, las promotoras y sus jefes de la trinca, perdón, la troika, son un continuo destruir empleo, destruir salarios, destruir la sanidad pública, destruir la enseñanza pública, destruir la débil estructura del funcionariado público, destruir la cultura, destruir la investigación científica, destruir en suma, la esperanza, destruir la ilusión por vivir decentemente.
Y a cada medida que toman, las cosas empeoran mucho más, y los portavoces del poder dicen con la mayor tranquilidad que esas nuevas destrucciones son síntoma inequívoco de mejora de la situación económica, que hay que esperar uno, dos, unos cuantos años más y todo será maravilloso nuevamente, todo volverá a ser dinero, progreso, educación y sanidad, privadas, pero sin duda mucho mejores.
Y un destacado periodista declara con fuerte acento crítico que el gobierno está fracasando porque no se ven por ninguna parte esas supuestas mejoras que según se afirma desde el poder están ya a la vuelta de la esquina.
Y los críticos al uso afirman que ya está bien de políticas restrictivas, que hacen falta además políticas de crecimiento, que lo importante es que fluya el crédito bancario, que el gobierno lo hace mal porque sólo piensa en el déficit y no en implementar consumo y liquidez.
E incluso el mismo presidente del gobierno cree descubrir el Mediterráneo y llega confusamente a la conclusión de que esa es una gran verdad y que deberían darle mejores condiciones en Bruselas para invertir en proyectos que faciliten el flujo de dinero e incentiven ese moribundo consumo.
Ante tal cúmulo de sandeces gubernamentales y opositoras, hay que hacer un estudio sosegado que permita comprender qué es lo que más conviene a la ciudadanía a la hora de ser gobernados.
Se nos ofrecen cuatro alternativas, a saber:
Ser gobernados por listos inteligentes, por listos ignorantes, por necios inteligentes o por necios ignorantes. En nuestra estulticia natural no acertamos a ver más opciones.
La verdad es que la época de los posibles listos inteligentes, y por tanto peligrosísimos, pertenece al pasado y no se ven políticos que puedan optar a esta necesaria posición desde hace muchos años. Tuvimos varios en el pasado reciente, el más llamativo el Sr. González, sin duda el Sr. Pujol, el más astuto sin duda el Sr. Solana, pero la época de estos factotum de un mundo feliz emergente ha pasado y nadie ha llegado para sustituirles, aunque han quedado enquistadas viejas ruinas de otro tiempo como Toxo, Méndez o Aguirre. Digamos que, por suerte, sólo quedan  personajes como estos.  
De listos ignorantes tenemos ahora varios prototipos: Montoro, de Guindos, Feijoo, Mas, y un largo etcétera. Creen seriamente en las tontadas y simplezas que afirman públicamente, jamás han pisado la calle, afirman como verdades de fe reveladas por el pueblo llano algo que un día les contó un ignoto taxista, piensan que en el nivel que han alcanzado no es preciso que nadie les explique nada pues con seguridad es de mucho menos calado lo que les diga quienquiera que sea que lo que ellos ya saben de sobra. Y organizan bancos, reestructuran grandes empresas multinacionales, y también, curiosamente, de camino, hunden pequeñas empresas, liquidan trabajadores, machacan pensionistas, desprecian funcionarios, y estúpidamente escupen contra el viento de forma excesivamente continua, pensando que sus escupitajos son ambrosía inaprensible para el vulgar populacho. Son hoy por hoy nuestros gobernantes.
Pero por desgracia hay también esa extraña categoría de los necios inteligentes. Su prototipo es el tal Rubalcaba, porque nadie le puede negar ni esas dos cualidades ni su lamentable combinación. Refleja con rara habilidad la inmensa caterva de necios inteligentes que pululan en los escalones medios de partidos y sindicatos oficiales y que pugnan por abrirse camino hacia las más altas cimas políticas, al menos mientras nadie les diga claramente que aunque sepan mucho, tengan un gran bagaje político, sean muy rigurosos, y sepan latín al nivel de las luchas palaciegas dentro de sus partidos y sindicatos, son simplemente unos necios, unos simplones que sólo saben sobrevivir rodeándose de activistas de su mismo tipo pero de inferior rango. Al fin, su única preocupación acaba siendo no encontrar demasiado cerca a alguien que siendo tan necio como ellos, sea aún más inteligente. Esa ha sido la causa del fracaso de tipos como Zaplana, Camps o Bono. Y la del transitorio triunfo de Gallardón o Trillo.
Claro está que la cuarta categoría, la de los necios ignorantes, parecería que no es propio que aparezca en esta primera fila de la política nacional. Craso error. Los listos ignorantes sólo pueden gobernar cómodamente si astutamente ponen al frente de su gobierno a un tipo de esta curiosa especie. Esa es nuestra actual situación.


sábado, 6 de abril de 2013

(CASI) NUNCA PASA (CASI) NADA

Era una canción francesa irónica que en español fue más bien mordaz. Aquí se llamó “Sin novedad señora baronesa” y la cantó un conjunto euskaldún que sabía reírse de la censura imperante en los duros años de dictadura. En ella, los diferentes criados de la señora baronesa le informaban telefónicamente de las más devastadoras desgracias sin inmutarse lo más mínimo, como si los desastres descomunales que explicaban fueran cosas intrascendentes.
 No pasa nada, nunca pasa nada mientras la degradación va royendo las raíces del sistema, y mientras la ciudadanía aguanta pasmada sin saber reaccionar, o sin tener alternativa por la que valga la pena reaccionar.
Es una sociedad anestesiada, adormecida, pero no desesperada. Cuando se siente algún raro redoble llamando a la resistencia y a la rebelión, salen miles de voces responsables y prudentes que gritan que lo que importa no es rebelarse, sino encarar la situación con una actitud más optimista.
Llaman “actitud más optimista” a afirmar que debemos esperar que próximamente las cosas vayan mejor, a declarar que probablemente pronto mejorarán, desde luego en contra de todos los datos económicos, políticos, judiciales, e institucionales, pero aún en contra de todos los datos, nos dicen que debemos ser más optimistas.
Y lo malo es que quienes lo dicen y repiten no son sólo astutos o estúpidos dirigentes políticos, empresariales e institucionales, son igualmente infinidad de ciudadanos acongojados, en paro o semiparo, en situación económica precaria, con la sanidad recortada y cada vez más de pago, con situaciones vitales duras y frecuentemente muy duras, y sin embargo lo dicen a todas horas. Símbolo de impotencia, no de esperanza.
Nos dicen que seamos optimistas ante unos políticos corruptos, arbitrarios, ignorantes y corporativos, ante un aparato judicial corrupto, arbitrario, ignaro, corporativo y burdamente politizado, donde es noticia un juez, fiscal e incluso un abogado que luche por que se haga justicia, ante una estructura y unas personas de la jefatura del Estado corruptas, arbitrarias, ignaras, y notablemente groseras y primitivas, ante una banca, prototipo de la avaricia, la mala fe, el saqueo de las arcas públicas y de las de los ciudadanos de a pie, y de un cinismo insultante, y ante unos grandes empresarios y grandes fortunas que estafan, roban, desfalcan y saquean a su antojo sin más restricciones que la de que no queden demasiadas huellas y en todo caso, si pasa algo, “que parezca un accidente”.
Piden demasiado, sobre todo porque las pruebas de los innumerables delitos cometidos por políticos, jueces, fiscales, banqueros, grandes empresarios, y miembros de la familia de la jefatura del Estado, están encima de la mesa, en la prensa, en los tribunales y sobre todo en la mente de cada ciudadano que se niegue a dejarse embaucar por eso del optimismo, de que pronto saldremos de la crisis, y lo de que qué importa gato blanco o gato negro si caza ratones.
Sin ir más lejos, ahora que vemos tales y cuales fotos, sabemos por qué tras atrapar a todos los implicados, fracasó la operación Nécora y por curiosos errores procedimentales, un gran capo del narcotráfico gallego salió entonces libre, sabemos por qué el advenedizo Urdangarín sólo tenía que cumplir de boquilla lo de apartarse de negocios oscuros en los que la jefa era la hija del rey, sabemos por qué el exministro y ex todo del PSOE, el tal Blanco, sigue andando libremente con su amigo el exalcalde de Las Rozas de Madrid del más rancio PP, por qué un juez mallorquín no consigue poner la mano sobre Camps y Barberá que tienen amiguísimos en medios judiciales demasiado altos, por qué el Tribunal de Cuentas no alcanza a analizar la contabilidad de los partidos hasta que las responsabilidades penales están ya prescritas, y así un innumerable etcétera, que es demasiado obvio, y sin embargo, como decimos, no pasa nada. O parece que no pasa nada.
Y lo grave no es que mientan, roben, engañen, estafen y no les pase nada, si no que lo hagan secundados por una inmensa mayoría que prefiere esto a la nada, al abismo de la incertidumbre. Porque lo evidente es que nos dirigen gentes que no sólo hacen todo eso, sino que además lo hacen de manera burda, grosera, estúpida y sin medir las gravísimas consecuencias que a la larga traerán esas actitudes.
Ante la extrema ligereza con la que actúan los dirigentes europeos, españoles, regionales y municipales, sólo cabe suponer tres alternativas: o estamos dirigidos por estúpidos, o estamos dirigidos por canallas, o estamos dirigidos por canallas estúpidos. No caben más alternativas.
Y quede claro que optimismo no debe ser nunca afirmar inanidades sin contenido real en contra de todos los datos reales de que se disponga. Optimismo debería ser, más bien, estar seguros personalmente de que a pesar de todos esos datos desastrosos, cada uno de nosotros esté dispuesto a enfrentar la situación con una actitud lúcida, valiente y digna, hasta imponer esas verdades como templos que nos quieren ocultar desde el poder, y con ese arma en las manos comenzar a enfrentarnos a ese mismo poder, a esos poderes fácticos, sea cual sea el final, por dignidad, no por cálculo. Esa sí sería una actitud a la que podríamos llamar optimista, y certera.