jueves, 25 de octubre de 2012

LAS PRIMARIAS AUTONÓMICAS



En el ultrapoderoso partido “Que Hay de lo Mío” ha habido una especie de primarias para elegir o revalidar nueva cúpula. Ha ganado por aplastante mayoría el sector PP que ha perdido muchos menos votos que el sector PSOE, lo que le ha permitido respirar con profundidad y reírse en público de su sector minoritario. Los diferentes líderes han achacado los resultados a las más variadas situaciones y razones pero ninguno ha hecho ni la más mínima mención del tema de la corrupción generalizada que arrasa el país.
El problema de la corrupción en España consiste en que la corrupta es la propia sociedad, no sólo sus banqueros, dirigentes políticos, jueces y policías, sino la propia sociedad.
Ese es nuestro diferencial con Alemania, Holanda o Finlandia, porque allí es muy difícil ser un corrupto pobre, y sólo los muy ricos pueden acceder a esa categoría económica, social y ética, lo que, sin duda,  es muestra de alta calidad social, lo que se dice tener un caché.
Aquí cualquier mindungui puede aspirar a esa alta categoría moral, las oportunidades son ilimitadas y lo peor es que son legión los que lo consiguen aunque sea a una escala mínima.
En Alemania son siete millones los ciudadanos que viven con salarios de 400 € al mes, obviamente hacen chapuzas y cobran en negro otros trabajos, igual que aquí, pero de eso ni se habla en una sociedad cuasi perfecta, y además no se les persigue porque no se considera que el resultado de perseguirles produzca unos ingresos al Estado mayores que el coste de perseguirles.
Los trabajillos extra de este importante sector de la población alemana son obvios, unos alquilan un cuarto de su casa a un colega por cuatro perras y ni se les ocurre declararlo, otros venden cualquier cosa en mercadillos o puestos callejeros perfectamente incontrolables, otros arreglan –igualito que aquí-, una lavadora o cambian un filtro de un coche por una propinilla, etcétera.
De tarde en tarde salta un escándalo financiero, pero tienen la delicadeza de ser escándalos diferentes a los de aquí, son más bien de tipo moral. Por ejemplo ser un político que ha mentido o simplemente ha engañado a sus electores, como esos ministros que han falsificado su curriculum académico o han copiado tesis doctorales, y sólo de vez en cuando salta algún escándalo financiero tal cual, pero obsérvese que casi siempre ligados a empresas extranjeras. Son más finos que al sur, lo sabemos de toda la vida, sobre todo si recordamos las cosas de hace setenta u ochenta años.
Pero en todo caso los hechos son esos, en los países del centro de Europa la moral no condena la chapucilla, pero persigue duramente el fraude siempre que pueda resultar ilícito y además ser descubierto y denunciado, y para eso, la legislación es suficientemente liberal como para que haya pocos pecadores perseguibles en las altas esferas económicas.
Nosotros, más bastos, perseguimos con saña al pillagallinas de turno y saludamos con respeto y admiración al señor, al señorito, y al jefe local y provincial del movimiento, léase los Carlos Fabra o Esperanza Aguirre de turno.

El problema es la corrupción, pero no simplemente la de los políticos, los banqueros, los jueces o la policía, sino la de los innumerables ciudadanos que aspiran a ser parte de ese entramado social. Para ser alcalde hay que saber colocar, sea de asesor o de conserje, a unos cuantos vecinos, que a su vez tienen muchos familiares, que a su vez saben agradecer un puestecillo de trabajo o una pequeña licencia escasamente legal. Además hay muchos vecinos que detentan pequeñísimas empresas que sólo pueden sobrevivir si reciben unas cuantas subcontratas municipales, o alguna extraña subvención.
En España, en un ayuntamiento de cinco mil habitantes, hay entre ciento veinte y ciento cincuenta funcionarios municipales y personal contratado municipal, uno por cada cincuenta habitantes, que representan, a cinco familiares por puesto, unos setecientos votos seguros, lo que implica unos tres concejales, lo que generalmente implica el control estricto del municipio. Luego se le da la limpieza de los locales municipales a fulano o mengano y se les paga con créditos extrajudiciales, y la conservación de los caminos al primo de zutano, que se le paga por crédito extraordinario, y entre unas cosas y otras el poder está garantizado, y con el poder las comisiones que esos mismos pequeñísimos empresarios locales deben religiosamente poner en manos de alcalde y concejales, sin olvidarse de algunos funcionarios que necesitan ser engrasados para funcionar eficientemente. Y luego ya sólo queda saber pactar razonable y adecuadamente con los promotores inmobiliarios y las grandes empresas de energía, comunicación, y otras grandes y benéficas organizaciones.
Repítase el análisis a gran escala en Comunidades Autónomas y sobre todo en el gobierno del Estado.
Eso es lo que llamamos una sociedad corrupta, y un poderoso partido sempiternamente en el poder llamado “Que Hay de lo Mío”, con muchos centenares de miles de entusiastas seguidores y adherentes y una segura y férrea estructura partidaria.
Ahora estaba en duda si este poderoso partido podía ser dirigido por unos o por otros, o como decía El Roto en su famoso comentario, “La democracia consiste en que unas veces mandamos unos y otras veces mandamos otros”. Se ha hecho preciso ir a primarias, y se ha repetido la debacle del anterior sector del partido que había fracasado en las pasadas elecciones generales.  
Viendo estrictamente el caso PSOE, el asunto es muy claro: o seguir por donde van y ver cómo repartirse un pastel cada vez más escaso, o darse de baja.
En el primer caso no se merecen comentarios. Allá penas.
En el segundo el asunto es más fácil aún: militantes irritados e indignados que creen en la vieja herencia socialista de antaño salen en ese partido y exigen su derrumbe, y mágicamente miles de socialistas le apoyan. Exigen la dimisión de la actual y sempiterna cúpula y el nombramiento de una gestora con la sola misión de convocar un proceso reconstituyente: asambleas y congresos locales, provinciales, autonómicos y un congreso estatal. Exigen la redacción de un programa, no antisistema, ni anticapitalista, si no simplemente sensato, en el que si un banco quiebra se le deja quebrar pero se lleva a los tribunales a sus directivos, si una inmobiliaria quiebra, se procede a abrir una investigación desde Hacienda sobre sus directivos y propietarios, si un político es acusado con elementos sensatamente manifiestos de corrupción se le aparta de toda responsabilidad pública y de todo puesto partidario y se aporta a Fiscalía toda la documentación sobre el presunto que obre en poder del propio partido, y así un largo y evidente conjunto de medidas que defiendan libertades, transparencias, honradez.
El resultado sería claro: el partido socialista se dividiría en al menos varios, uno socialdemócrata, minoritario, centrista y de derechas explícitamente, pero probablemente decisivo a la hora de formar futuros gobiernos, un sector se iría al PP o UPD, y un tercero, mayoritario, sería el Partido Socialista Obrero Español, lioso y confuso pero socialista, y arañando muchos, pero muchos votos de la agonizante Izquierda Sempiternamente Peleada, y sin capacidad de gobernar hoy, pero a la cabeza de una expectativa popular todavía receptiva. Todavía, dentro de poco claramente ajena e indiferente a tales posibilidades, vamos, lo de toda la vida de antes de la cochambre del franquismo. A elegir.
Son sueños, evidentemente.

 





     









martes, 23 de octubre de 2012

LAS CARTAS SOBRE LA MESA



¿HAY ALGUIEN AHÍ?
Contemplando desde fuera el agujero de la vida social española lo único que se escucha es esta trágica pregunta. Mientras, se discute si gobiernan los cerrados partidos establecidos, los políticos corruptos, los banqueros, unas extrañas criaturas sin cuerpo ni alma llamadas “mercados”, o quienquiera que sea. Es una discusión baldía, a cada momento se hace más clara la durísima realidad. Nadie nos gobierna, simplemente nadie gobierna, simplemente están, ocupan sitio, manejan nuestro dinero, nuestro trabajo, nuestra salud, nuestra educación, nuestra cultura y hasta nuestra más vulgar cotidianidad como dónde fumar o no fumar, cuando viajar a cien o a ciento diez por hora según les parezca, o cuando son las ocho de la mañana o las siete.
Manejan y deciden sobre todo eso pero de ninguna manera gobiernan, no nos dirigen a ningún lado, ni ellos saben siquiera a donde van, simplemente, ya lo decimos, están ahí tomando decisiones sin sentido, sin objetivos, y sobre todo, sin los medios adecuados para que se puedan tan siquiera aplicar sus propias arbitrarias decisiones.  
Algunos creen con inocencia que hay unos personajes llamados con cierta afectación autoridades que hacen cosas en las que creen y que la cuestión es que los pobres tienen escasa preparación y nulo conocimiento, otros con malicia piensan que en realidad son simples polichinelas manejadas desde unos oscuros centros de poder que nadie sabe si tienen cara y nombre, hay también quienes consideran que ciertas mejoras en los sistemas electorales y en la Constitución permitirían eliminar a los actuales políticos corruptos y estúpidos y colocar en su lugar otros dignos y decentes.
Todo eso es vano. El sistema no permite en el ámbito del poder real la existencia de políticos no corruptos, aunque transitoriamente puedan darse curiosas excepciones, y esos políticos ya de por si profundamente corruptos apoyados por jueces profundamente corruptos y policías y guardias civiles tan corruptos como ellos, son además sumamente estúpidos, incapaces, y carecen de la imprescindible preparación para las funciones a las que se dedican. Y además no son simples polichinelas de esos oscuros poderes, son parte de ese mecanismo de poder, si bien en sus últimos escalones.
Creen algunos que esos supuestos malvados mercados se personifican en tales o cuales fulanos, que se reúnen en sitios secretos a decidir el futuro al menos inmediato de la humanidad. Otro error evidente. Tienen nombres y caras y unos pesan más que otros, se llaman banqueros, propietarios de fondos de inversión y agiotistas, y tienen un único objetivo ingresar a cualquier precio, hoy, otro puñado de dólares, euros, yens, o lo que sea, y ya veremos mañana. No tienen ningún plan a mayor alcance que el inmediato y no les preocupa lo más mínimo que el mundo se hunda mañana porque ellos piensan que siempre flotan, que pueden ganar o perder hoy un puñado de dólares, pero mañana pueden recuperarlos, y que en todo caso nunca pierden todo.
Y son individuos, no oscuras organizaciones secretas, clubs Beidelberg, ni Trilaterales, si no tipos en sus despachos comprando y vendiendo cosas abstractas, deudas, futuros, bonos, acciones, seguros, etc., y procurando tan sólo ganar más que el de al lado, que el inmediato competidor para que así mañana se pueda pillar más todavía.
Ese es el mundo en el que vivimos guste o no, que a casi nadie gusta, pero casi nadie lo discute. Y si estando en el fondo del agujero alguien del último escalón de este mundo exterior te echa una manita a cambio de algo sin importancia como firmar tal o cual papel que hunda a miles de ciudadanos en la miseria ¿lo vamos a despreciar? ¿Una oportunidad así la dejaríamos pasar por dignidad y esa cosa extraña llamada ética?
Este es el mundo en el que vivimos. Claro que hay alguien ahí fuera, pero han conseguido que sus rostros y nombres se vayan difuminando según se asciende en su escala angelical. Nuestros angelitos son medianamente visibles, los tronos y dominaciones son difusos, los querubines y arcángeles son sólo sombras lejanas y nebulosas, Dios es intangible, inasible y por desgracia, por ahora, todopoderoso. Esta es la verdadera medida de la profundidad de la crisis.


Y ENTONCES ¿ESTOS TIPOS QUIENES SON?
Probablemente no lo sabe nadie, ni ellos. En el caso español unos tipos aupados a aparatos férreos de partido que colocan sólo a sus fieles y amigos en la totalidad de los puestos de poder del Estado, las Comunidades y los ayuntamientos y que tienen como único objetivo perpetuarse en esos u otros cargos y cobrar buenas pensiones cuando los tengan que dejar. Y si por el camino se puede hacer buena caja no será cosa de hacerle demasiados ascos. Ya quedó para la historia en aquella famosa conversación del impresentable Zaplana, “Yo estoy en política para hacerme rico”.
Ahora se reúnen a discutir las deudas del Estado español, y concluyen que como en la caja del Estado no hay para pagar ni siquiera a los funcionarios el mes que viene es preciso pedir dinero prestado.
¿Y para qué se pide prestado? Pues no para pagar a los funcionarios y mantener las autopistas o los aeropuertos que tengan aviones, sino para devolver otros créditos pedidos previamente.
¿Y porqué se pidieron aquellos créditos anteriores? Porque había gastos que era más cómodo y barato ir pagando con dinero prestado que se podía devolver a lo largo de varios años.
¿Y había con que estar seguros que se podrían pagar esos intereses y ese capital a lo largo de esos años? No tenían ni idea, pero miraban la caja y veían que cada año entraba más dinero fresco, luego la conclusión lógica era que desde luego se podrían pagar esos créditos.
Pues cuando se hacía esto y se miraba la caja bien llena se debía no más del treinta por ciento de lo que se producía cada año, lo que se llama que la deuda externa era menor del 30% del PIB, lo que parecía dar ciertas garantías.
Y sin embargo enloquecidos por esa visión maravillosa, cada año se gastaba más de lo que se ingresaba, que se llama crear déficit. Y si gastas más de lo que produces no es lo mismo que si gastas más de lo que tienes, de lo que materialmente puedes pagar. Si cada vez produces más a la larga se puede vivir del crédito y ajustar las cuentas. Muchos empresarios caen también en esa confusión: Si falta, se pide prestado, y asunto arreglado, todo va quedando para mañana, en que con lo que me prestan y lo que produzco podré ir pagando y aún ganar, y aquí no pasa nada.
Y ya decimos que la pasada década se debía sólo menos del 30 % del PIB anual, y ahora por ese camino tan alegre se ha llegado en tan sólo cinco años al 90% y con lo negociado este año se superará el 100%. Y a la vez el déficit sigue siendo el gran desconocido pero con seguridad muy superior al 6%, lo que crea una ecuación sin solución.
Y el gobierno sigue sin dinero líquido y desde Europa y los EEUU le instan a que se acoja a un gigantesco crédito mancomunado entre el Fondo Monetario y el Banco Central Europeo a devolver a largo plazo pero condicionado a que cada año, cada trimestre, Radames cada día lo que entre en la caja es en primer lugar e indiscutiblemente para devolver ese préstamo y pagar sus intereses, y si queda algo sería lo que el gobierno podría utilizar para sus gastos estatales. ¡Bonito plan! El respaldo de ese microcrédito tan generoso son directamente los bienes nacionales. Nos dicen que si no llegan los ingresos para pagar esa deuda se venden inmediatamente los trenes, las autopistas, los aeropuertos, los puertos y se exprime a los trabajadores hasta el final. Se llama la trampa griega.
Y mientras el presidente de un gobierno que no existe mira hacia otro lado y comenta chascarrillos gallegos por ver si pasa el tiempo, ya lo hacia su paisano el dictador Franco y fue la ruina general. Cada día que pasa sin acogerse a ese plan se ha de pedir más dinero prestado a los bancos y fondos privados a precios más altos que no hacen sino incrementar tanto la deuda como a la larga el déficit. Y si se acoge al macropréstamo llamado rescate el déficit se dispara y la deuda se dispara igualmente y además compromete como prenda la totalidad de los bienes nacionales. Y desde luego, ni piensa en decir un día a los acreedores eso de “Srs. Estamos en quiebra. No podemos pagarles, no les pagamos.”
Y todo esto sin establecer claramente quienes deben el qué. Y quienes deben hasta la ruina son los insaciables bancos, los promotores urbanísticos, las grandes corporaciones industriales, y cientos de miles de particulares que han conformado en esos años del bum del ladrillo y los dineros fáciles la larga cadena de la corrupción en ayuntamientos, regiones y el Estado. Los demás no podemos entender demasiado bien qué es lo que se dice que debemos si nos hemos limitado a trabajar, cobrar nuestro trabajo y gastarlo o ahorrarlo lo mejor posible.
¿Verdad que se nota demasiado que algo no encaja del todo bien? Pues ni nuestros dirigentes políticos, ni nuestros magnates, empresarios, banqueros o mercaderes, ni nuestras más altas lumbreras académicas, nuestros juristas, economistas, grandes cátedros, ni finos analistas de la prensa financiera, aún con ciertas dignísimas excepciones vilipendiadas por casi todos, lo han apreciado. Más aún ni lo han apreciado ni les interesa un rábano, porque mientras corra el parné ¿para qué pensar más o liarse con actitudes derrotistas, apocalípticas o simplemente erradas?
No lo olvidemos: sólo el necio confunde valor y precio.